Nishitani Keiji (1)

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Nishitani Keiji (1900-1990). AleksandrGertsen , Wikimedia Commons.

En esta misma fecha hace 118 años, en un pequeño poblado japonés llamado Ushitsu, nació Nishitani Keiji, uno de los grandes pensadores del siglo XX. Fue uno de los mayores representantes de la Escuela de Kioto, una corriente en la cual se encuentran la filosofía europea y la budista, se interfecundan y nace algo nuevo: un genuino encuentro entre Europa y Asia, un campo fértil para cultivar una filosofía realmente global. En Nishitani se manifiesta de manera especialmente clara esta interrelación productiva que inspira nuevas maneras de pensar la religión, la ciencia, el nihilismo, el arte. De todo ello es importante hablar, pero por ahora querría concentrarme en cómo llegué a él y lo que ha significado para mí haberlo descubierto.

Durante mis años de estudiante de filosofía, tenía la costumbre de pasar por la biblioteca central de mi universidad a recorrer los anaqueles solo por el gusto de recorrerlos. Me asomaba entre los títulos a ver qué novedad me encontraba, qué título capturaría mi atención. En una de esas ocasiones estaba merodeando por la sección de estudios de la religión. Ya había caído la noche. Me encontré con una especie de antología de textos místicos, un texto de color crema (o quizás rosa claro), diagramación muy cuidada, ideal para llamar mi atención. Sin embargo, enseguida observé a su izquierda un volumen cubierto en pasta dura de color negro, sin señas ni siquiera del título. Prácticamente no había nada que pudiera captar mi interés en ese lomo, excepto justamente el hecho de no contener nada. Precisamente eso me cautivó, a la fecha no entiendo por qué. Total, tomé el libro y lo abrí. Religion and Nothingness, decía el título. El autor, Nishitani Keiji.

Por aquel entonces ya llevaba un tiempo interesado en el budismo y me había decidido a indagar en él con cierta seriedad. Pero como pensaba que debía concentrar mis energías en sacar mi formación filosófica adelante, había optado por la salomónica decisión de buscar y leer sobre filosofía budista. Sumemos a eso mi interés por Japón y fácilmente daría con la Escuela de Kioto, corriente intelectual cuyo “decano” fue Nishida Kitarō (1870-1945), reputado como el primer filósofo japonés original en el sentido europeo del término. Por ello sabía de su discípulo Nishitani, quien, como ya mencionaba antes, es uno de los más reconocidos representantes de la Escuela. Aun así, no lo había leído hasta esa noche que, por una rarísima contingencia, acabé con su obra cumbre en mis manos. Hasta la fecha no la he soltado.

Aquella vez leí las primeras páginas y me sentí fascinado, como no me había fascinado una lectura filósofica en mis años universitarios hasta entonces. Las leí una, y otra, y otra vez. En pocos días, siete veces. Y volví sobre ellas durante unos años sin avanzar más allá. Después me sentí movido a ello, pero pasé unos cuantos años más sin salir de los dos primeros capítulos. Por ello mi conocimiento de Nishitani fue muy superficial por un largo tiempo. Un poco de ayuda de la suerte, digámoslo así, me ayudó a dar el salto hacia delante.

Y fue uno bastante grande. Me atrevo a aseverar que Religion and Nothingness es el libro que, individualmente, me ha llevado más lejos. Por la mera suerte de haberme inscrito en una web dedicada a noticias sobre filosofía japonesa (hoy ya inexistente), los organizadores del Collegium Phaenomenologicum del 2010 dieron con mi nombre y me invitaron a participar. No hará falta entrar en detalles para decir que la cadena de eventos iniciados con esa simple decisión de abrir el libro menos vistoso de todo el anaquel, ubicado además en un lugar no precisamente idóneo (porque debería estar más bien en filosofía, a pesar del título), ha dirigido mi vida hasta ahora: mis primeras publicaciones académicas, mis saltos sobre los océanos, mi doctorado, en una palabra, mi presente y mi futuro como filósofo han sido guiados por la mano y la pluma de Nishitani sensei.

Hace tiempo se habla de proyecto de vida. Se le dice a los jóvenes que proyecten su futuro, planeen qué quieren hacer de sí mismos. A los 15 años, cuando diseñé mi proyecto de vida, alcancé a imaginarme cómo sería y qué habría conseguido diez años después. Hoy, veinte años después, no se ha cumplido casi nada de lo que imaginaba. La experiencia me confirma que es muy importante hacer planes, pero más importante aún es prepararse para lo inesperado. Un ambicioso plan a largo plazo diseñado por mis propios esfuerzos no me orientó jamás. Fue en cada ocasión que, aun sin saberlo, me entregaba al llamado de ancestros escondidos tras señales tan sutiles y silenciosas como un lomo negro, que mi vida cogió rumbo.

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