Nishitani Keiji (2)

En abril de 1984, varios académicos se reunieron en el Smith College y el Amherst College (Massachussets) para llevar a cabo un simposio alrededor de La religión y la nada, obra capital de Nishitani Keiji. Para entonces, el maestro ya llevaba unas dos décadas conociendo la fama fuera de Japón, especialmente en Estados Unidos. Por ello fue profesor visitante en algunas universidades estadounidenses y recibió numerosas visitas de entusiastas académicos extranjeros en su casa en Kioto. Fue él uno de los primeros miembros de la Escuela de Kioto en experimentar el reconocimiento internacional.

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Rayos de sol sobre el Ateneu Barcelonès (Barcelona, 2015).

Más aún, su magnum opus conoció la traducción al inglés en 1982, cosa que habrá servido de ocasión (es de imaginarse) para el simposio celebrado un par de años después. Nishitani se mostraba escéptico con el proyecto desde que le fue propuesto varios años antes, principalmente porque no estaba seguro de darse a entender al público occidental. Pero a lo largo de la década de 1970 se publicaron traducciones de los primeros cuatro capítulos en varios números de la revista The Eastern Buddhist, de la cual él mismo fue director un largo tiempo. Finalmente persuadido de verter el volumen entero al inglés, se consagró a revisar el trabajo del traductor encargado, Jan Van Bragt, durante largas sesiones que este rememora como agotadoramente maratónicas. Tanto empeño puso el japonés en clarificar que inclusive añadió frases, y en ocasiones hasta oraciones enteras, no presentes en el original. Curioso caso: era un pensador de una temática y hondura tales que comprenderlo se torna todo un desafío, pero sin duda se esforzó hasta el último momento por darse a entender.

Para el simposio en honor de su libro, Nishitani sensei tuvo que disculparse por no poder asistir, debido a que precisaba cuidar de su esposa enferma. No porque huyera de la discusión. Todo lo contrario. James Heisig recuerda que aquel siempre prefirió el debate vivo a la publicación escrita, y que, respecto a esta última, al principio le parecía extraña la idea de ser leído por gente que no lo conociese personalmente. En una ocasión en 1988, Heisig lo visitó para despejar algunas dudas puntuales sobre la traducción de alguna obra del ya entonces profesor emérito. Este contestó esquiva y desinteresadamente, desviando la conversación hacia otras direcciones. Pero de repente, al recibir una llamada con una propuesta para una conferencia pública, sorprendía ver el entusiasmo con que el ya anciano filósofo pedía a su hija arreglar todos los detalles. De tal modo que, podemos suponer, Nishitani habría estado encantado de asistir al simposio de Massachussets. Para compensar, escribió un mensaje a los organizadores y participantes que posteriormente sería incluido en las memorias del evento, publicadas en el libro titulado The Religious Philosophy of Nishitani Keiji (1989). Aquel mensaje, “Encounter with Emptiness”, puede considerarse la expresión más sucinta de su proyecto en aquel libro, y al tiempo una de las más evocadoras.

En aquella carta, Nishitani vuelve atrás sobre su libro y evalúa el que considera entonces el tema central del mismo: pensar la ·vacuidad· como un tema filósofico con claves de la filosofía occidental como punto de partida. Así, se ponen en contraste los puntos de vista de la filosofía occidental y la oriental. Una generalización excesiva, podríamos decir, pero que sirve para destacar una característica especialmente presente en la segunda (en China y Japón, más precisamente): “identificarse con los problemas de la vida ordinaria, ya sea caminando, de pie, sentado, o tumbado, y resolverlos mediante el pensar” (Unnō 2). Pues es en el seno de la vida ordinaria, pensó siempre él, que surgen las demás problemáticas de la filosofía. Al respecto, a modo de ejemplo, evoca un recuerdo de juventud de cuando se hallaba en un hotel durante algún viaje. Vale la pena citarlo in extenso:

Mientras observaba la salida del sol desde el balcón, me sorprendió de súbito una potente sensación. La luz del sol de la mañana formaba un hilo dorado que saltó, como si fuera una serpiente, hacia donde me hallaba de pie. Mientras el rayo solar me bañaba en brillante luz, sentía que realmente veía el sol. La sobrecogedora experiencia era que el resplandor del sol se enfocaba en mí y que el mundo se abría con toda claridad, concentrado solo en mí.

Aunque de manera muy elemental, me era claro que el mundo es un lugar abierto a que todas las cosas se realicen tal como en verdad son. Al tiempo, la apertura de la vacuidad incluye el hecho de que veo, oigo, y conozco las cosas tal como son. Podría decir que la totalidad soy yo, pero esto no debería malinterpretarse. Suponiendo que en el balcón de al lado alguien más estuviese igualmente viendo la salida del sol, esta persona también se habría sentido del mismo modo: el sol es solo mío, la totalidad soy yo. (Unnō 2-3)

El punto aquí no es una especie de idealismo. Pero tampoco es un realismo. Lo que Nishitani evoca es una vívida apercepción de ver concentrado en uno mismo la fuerza que todo lo sostiene y bajo la cual todo se halla interconectado, sentirla en uno mismo, en el propio cuerpo-mente. Vistas así las cosas, resulta una consecuencia: al tiempo esta misma concentración puede ocurrir en otros, no solo en mí. Más aún, cada cosa concentra alrededor de sí todas las demás como su fundamento, y a la vez sirve de fundamento a todas las demás cosas. “El centro es en todas partes”, repite el japonés numerosas veces en La religión y la nada. He ahí la vacuidad: nada que ver con un vacío puramente negativo, ninguna contemplación de una real unidad frente a una multiplicidad aparente. El uno es múltiple lo múltiple es uno. Y ni lo uno ni lo otro. Como evoca maravillosamente una imagen muy socorrida en la escuela budista china Huayen (sumamente influyente en la ontología de Nishitani), la vacuidad es como un gran vientre: al estar vacío de toda forma en su interior, puede dar a luz a todas las formas.

No será difícil darse cuenta de que la cuestión aquí no se limita a la ontología o la cosmología. Recordemos: el punto aquí es desvelar las problemáticas que nidan en la vida ordinaria. Una de ellas es cuál es nuestra naturaleza y cómo encajamos en el mundo. Pero también nos hemos de preguntar: ¿qué debemos hacer? ¿Qué podemos esperar? Si ante lo primero nuestra pista consisten en que “el centro está en todas partes” y en que cada existencia descansa en todas las demás y al tiempo les sirve de fundamento, entonces la respuesta al qué debo hacer es el cultivo de la compasión universal: como ser humano, despierto a la interpenetración de todos los fenómenos, cobro consciencia de que mi cuidado es el cuidado de los otros, y el cuidado de los otros es el mío. Lamentablemente Nishitani no desarrolla mucho este punto, central en el budismo mahayana. No obstante, en este y en muchos otros puntos vale la pena seguir el hilo de la reflexión ahí donde él lo dejó, sin importar que ello conduzca a tomar distancia crítica de su pensamiento. A fin de cuentas, él no esperó apologetas sino críticos, como bien lo dejó claro al final de su mensaje a sus colegas reunidos en Massachussets (Unnō 4).

Valga la pena, pues, cerrar con una invitación abierta, en general, a la filosofía como un ejercicio de abrirse a los encuentros entre civilizaciones, así como a criticar sin enemistad y honrar a los predecesores no entronizándolos sino recorriendo los caminos que estos abrieron.

Referencias

Heisig, James (2002). Filósofos de la nada. Un ensayo sobre la Escuela de Kioto. Barcelona: Herder. [Hay segunda edición, publicada en 2015.]

Unnō, Taitetsu, ed. (1989). The Religious Philosophy of Nishitani Keiji. Asian Humanities Press.

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