Mi único propósito para 2020

Escala de l’enteniment. Montserrat, Catalunya. 2014. [Foto del autor]

Hacer las cosas“, fue eso lo que se me vino a la mente un día de diciembre cuando me puse a pensar en qué propósitos debería hacerme para el nuevo año (si es que debía hacerme alguno). No dejar para mañana lo que pueda hacer hoy, como dice el refrán. Simple o trivial como puede parecer, la expresión tiene su trasfondo. Me explico. Hay dos motivos, diría, que me llevaron a formularme ese propósito. Uno es simplemente reducir complejidad: en vez de una larga lista de ambiciosos proyectos, encontraba más práctico restringirme a una cosa cuyo nivel de progreso pudiera verificar fácil y permanentemente. El segundo motivo es que desde siempre he tenido una tendencia a dejar las cosas para después, a aplazar, tendencia que he manejado un poco con los años pero no deja de presentárseme una y otra vez. A eso me refiero entonces: me propuse que en 2020 practicaría abandonar la tendencia a dejar las cosas para luego, a posponer la acción. Dicho muy brevemente, me propuse actuar.

No es que toda mi vida haya llevado ese lastre de dejar para después. De hecho, tiendo a pensar que cuanto he logrado se debe a los momentos en que lograba aunar mi determinación y seguir adelante sin parar ni dudar. Pero ahora mismo es tanta la presión que tengo por lograr resultados profesionales, tantas igualmente las presiones personales que avanzan sobre mí, que no era difícil notar cuánto seguía cediendo al dejar para después. Diría que es bastante. Por otra parte, he observado esa tendencia en mi familia, de modo que se trataría de una herencia, quizá transmitida a lo largo de varias generaciones. No por ello le echo la culpa a mis padres, no le hallaría sentido, pues precisamente ellos han debido ser tan víctimas de esta dolencia espiritual como yo. La respuesta más adecuada, en realidad, es darme cuenta de que tengo la oportunidad de detener la dolencia.

En un contexto aún más amplio, es posible pensar que el dejar para después hace parte de una enfermedad espiritual mayor y más compleja. A fin de cuentas, ¿cuál es la diferencia entre un país enorme y lleno de recursos como el Congo, y uno tan pequeño y naturalmente desabastecido como Finlandia? ¿Por qué unos se hunden en la miseria y la guerra mientras los otros cosechan una enorme riqueza? Podríamos afirmar que mientras los unos esperan a ser rescatados en cuanto llegan los problemas, los otros piensan y actúan. Es la diferencia entre esperar que la suerte gire su cara hacia nosotros y decidirnos a actuar por nosotros mismos. Con esto y dado lo que venía explicando sobre mi propósito de 2020, parece que la cuestión está resuelta. Sin embargo, no puede ser tan simple. Finlandia no fue colonizado, el Congo sí (en particular, el episodio 221 de Crash Course World History explica muy bien por qué el Congo está hoy hundido en la pobreza y la guerra -subtítulos en español disponibles-).

De modo que a lo mejor he sido heredero, a mi manera, de una tendencia al marasmo, a la inacción, propia de aquellos pueblos que pasaron por la experiencia de la subyugación colonial. Si durante generaciones y generaciones tus ancestros fueron acostumbrados a seguir órdenes, a obedecer, a aguardar los movimientos del patrón, es evidente que tu iniciativa propia se seca hasta volverse exigua, mengua hasta unas proporciones apenas suficientes como para que al menos el individuo se levante cada día a trabajar.

En estos años que tanta resonancia ha alcanzado el famoso lema de “uno es pobre porque quiere”, parece, pues, que tales palabras reflejan una verdad y una mentira igualmente grandes. Por un lado, los pueblos colonizados tendrán que recuperar su propia energía si quieren salir adelante: cualquier volumen de ayuda, cooperación, o solidaridad será poco si no toman la firme determinación de hacer las cosas, buscar las soluciones a los problemas por sí mismos, dejar la inercia de esperar un salvador. Por otra parte, es igualmente el caso que los pueblos colonizados y sus herederos no decidimos llevar esa carga. Sentenciarnos culpables de nuestra pobreza sería tan mezquino como acusar a un infante enfermo de anemia por su estado de salud. No podemos desatender esta enfermedad espiritual que aqueja nuestra voluntad, pero ya que se halla inclusive a su raíz, esa enfermedad es más antigua que nosotros.

Aquí hallo muy provechoso distinguir entre ser responsable y hacerse responsable. Creo que los herederos del colonialismo, tanto como a los pobres de la tierra (la intersección entre los dos conjuntos es enorme, pero no total) no somos responsables de nuestra condición, pero sí podemos hacernos responsables por ella. Si bien no lo elegimos, en todo caso la llevamos a cuestas.

Vale, me he ido muy lejos y a lo mejor muchos de ustedes se pregunten cómo es que uno cultiva ese hábito de no dejar para después y tomar la iniciativa. La pregunta es clave, en efecto, pero no sé qué tan fácil sea escribir sobre ello. En todo caso, el asunto merece una entrada aparte.

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