Ciencia y tradición: ¿un choque inevitable?


Parecerá irónico que la primera ministra colombiana de ciencia, tecnología e innovación, Mabel Torres, haya comenzado el 2020 envuelta en una polémica por sus indagaciones y pruebas poco protocolares sobre el potencial curativa del hongo ganoderma para tratar el cáncer. El Espectador reportó el 10 de enero sobre el tema con el titular “La ministra de Ciencia y su dudosa promesa contra el cáncer“. No es sin razón, valga decir: Torres efectuó pruebas directamente sobre pacientes humanos, sin pruebas de laboratorio, sin haber publicado resultados parciales, en fin, sin seguir el protocolo para asegurar un procedimiento científicamente riguroso y éticamente responsable. Ese es, en muy pocas palabras, el veredicto que varios científicos manifestaron en medios.

Pero ahí no paraba el veredicto. Según denunciaba el doctor J. Orlando Rangel, por ejemplo, la reacción de parte de la comunidad científica fue desbordada al calificar a la ministra Torres como pseudocientífica, dudar de su formación y cuestionar el hecho mismo de que utilizara un hongo comúnmente empleado en algunas medicinas tradicionales de Asia y América. A este último punto también se refiere el filósofo William Duica: es justamente eso, afirma, “lo que la inquisición científica considera herético, una afrenta a los protocolos de la ciencia. El registro periodístico presentó esto diciendo que la ministra no cree en el método científico.” (Razón Pública. La inquisición científica). Duica, en defensa de la bióloga, indica que ella no pretendía efectuar una prueba en humanos sino crear condiciones iniciales de observación. Frente a la objeción de que Torres no tenía en todo caso la evidencia científica para iniciar estas pruebas iniciales, continúa él: “El punto central para [mí] es que la doctora Torres basa su decisión en que hay un saber ancestral al respecto. Esa es la evidencia que considera válida para suministrar la bebida a los pacientes como un paso previo al desarrollo de la investigación.” He aquí la cuestión. ¿Se puede considerar un saber ancestral como interlocutor válida de la indagación científica?

El principal obstáculo para contestar a esta pregunta con un sí radica en considerar el “saber ancestral” como enemigo de la ciencia, o como fuente de superstición. Pero mal haríamos en mirar desdeñosamente el conocimiento tradicional sin antes examinar su probidad. Rechazarlo sin más por no obedecer las reglas del método científico es una actitud de todo o nada, y esa actitud es equivocada. Es hija de un peligroso prejuicio, de una visión binaria de la verdad que sigue arraigada en nuestros tiempos, hija de una visión maniquea del mundo. Es hija también de la noción ilustrada según la cual toda búsqueda de conocimiento que no siga los rigurosos protocolos del estamento científico oficial debe ser considerada, sin mayores exámenes ni indagaciones, como superstición o pseudociencia. Necesitamos caminar en una dirección diferente, necesitamos una visión de la verdad que arroje luz sobre los gradientes, los matices, los grados de desarrollo que esta puede alcanzar. Necesitamos advertir también que la “presunción de culpabilidad” hacia los saberes tradicionales no solo es innecesaria para el progreso de la ciencia, sino que de hecho contradice el muy científico y prudente principio de no dar por verdadero lo que se afirme sobre los hechos sin un riguroso examen y una esforzada e inacabable búsqueda de evidencia empírica. En fin, ¿pueden las medicinas tradicionales, por ejemplo, contribuir algo a la medicina hoy? Formulemos las hipótesis, indaguemos, busquemos la evidencia. Todo eso en lugar de descalificarlas de entrada.

Claro, no es posible desconocer en todo caso las críticas a la ministra por los protocolos que se saltó y que, a fin de cuentas, no están ahí por mero capricho. Al respecto argumenta muy clara e informadamente Orlando Acosta en su artículo de opinión “Ninguna comunidad ancestral y milenaria conoce más sobre cáncer que la medicina moderna” (por demás, un título tendencioso que no refleja el verdadero tono del texto). Sin embargo, encuentro necesario señalar más de un problema en la argumentación de Acosta y otros.

En primer lugar, el uso de los índices de medición de la investigación para mostrar la presunta poca probidad de Mabel Torres como investigadora: si fuera por estos índices, una figura tan grande como Darwin habría sido descalificada en su época por su escaso volumen de publicaciones. Ya se ha criticado bastante esta obsesión por medir la calidad de un investigador, obsesión que termina premiando el volumen antes que la verdadera riqueza de las ideas, la velocidad para publicar antes que la profundidad de pensamiento. La comunidad académica internacional ya advierte estas enormes fallas de los actuales sistemas de medición e incluso han surgido iniciativas como la “Declaración de San Francisco sobre la evaluación de la investigación“, declaración en la cual se manifiesta claramente que la evaluación de la calidad de la investigación no puede ser igual para todas las áreas del conocimiento y que la apreciación de un trabajo investigativo dado por sus propios méritos no puede ser nunca reemplazada por una medición puramente numérica y estandarizante.

Segundo: ¿es cuestionable que Torres se haya saltado el largo protocolo que una investigación médica requiere? Como ya hemos señalado antes, sí. Pero el problema aquí es más de fondo: la participación de tradiciones externas al ámbito científico formal en el avance de la ciencia misma. Una de las razones que impulsaron a Torres a probar su fórmula basada en ganoderma para tratamiento del cáncer, según ella arguye, es que el hongo ya se ha usado en Asia por siglos, así como en el Pacífico colombiano por algún tiempo. El artículo, a tono con la retórica habitual en el ámbito científico institucional, le cuestiona que ningún artículo científico respalde el tratamiento, o que no haya pasado por las pruebas experimentales exigibles.

Esta crítica está, en principio, justificada. Sin embargo, tal como se formula esconde un supuesto que, una vez desvelado, debería quizá avergonzarnos a todos (supuesto al que ya me referido arriba). Si el estamento científico declara que el tratamiento de Torres no tiene base evidencial y documental que le respalden, mientras ella echa mano de que el ganoderma ha sido usado en medicinas tradicionales por mucho tiempo, entonces el estamento científico está descalificando tácitamente todo lo que pueda provenir de esos conocimientos tradicionales. De hecho hace más aún: los reduce a cero. Para el científico formal, pues, daría lo mismo que existieran o no. Se alegará aquí que los conocimientos tradicionales tienen muchos problemas si los medimos con los estándares de la contrastación empírica, la fortaleza teórica, entre otros. Mucho de esta crítica tiene sentido, y no cabe cuestionar que la formalización de las técnicas de descubrimiento científico en tiempos modernos han ayudado a refinar la tarea de investigar la naturaleza y obtener de ello conocimientos sólidamente establecidos. Pero otra cosa es decir que los conocimientos tradicionales no tengan nada, absolutamente nada que aportar.

¿No se ha contemplado acaso que estas tradiciones puedan ser pasadas por el tamiz de la investigación científica moderna? ¿No podría significar un avance para ambos lados? Por una parte, las prácticas y conocimientos tradicionales pueden desarrollar su potencial; por otra, la ciencia ganaría datos y conocimientos que sería absurdo esforzarse por reobtener siendo que otros, de una u otra manera, con mayor o menor grado de solidez teórica y evidencial, han obtenido. Ridículo reinventar la rueda.

Pero la idea de que estas tradiciones no tienen nada que decir, nada significativo que aportar, está enraizada en las prácticas de la ciencia institucional. Y esto no tiene nada que ver con el rigor científico. Es simplemente un lastre proveniente del entorno en el que la ciencia moderna se pudo desarrollar: la modernidad europea. No se le puede restar importancia al hecho de que el meteórico avance de la ciencia europea sirvió a varias ramas de la Ilustración, así como a los poderes europeos de los siglos XVIII y XIX, como argumento para sostener la supuesta superioridad europea y la necesidad de que todos los otros pueblos de la tierra o bien se moldearan a la manera de Europa, o bien se sometieran a su gobierno. Hoy podríamos pensar que estamos lejos de esa mentalidad altanera y arrogante que pone a Europa en la cima y básicamente desestima que ninguna otra civilización pueda aportar al progreso y el bienestar de la humanidad. Pero si no es eso lo que está pasando en el estamento científico cuando saltan a la luz este tipo de situaciones, no se explica.

Ahora bien, este colonialismo enraizado es, de hecho, contrario a los ideales de la ciencia. Primero, repitamos un punto ya formulado arriba: lo más evidente, el sesgo anti-ancestral (podríamos llamarlo así) requiere evidencia, evidencia que no se provee. ¿Cuál es la evidencia de que podemos simplemente desconocer todo lo que los pueblos hayan tradicionalmente practicado y aprendido, de que nada de valor puede sacarse de ahí para el conocimiento y la tecnología? Solamente se arguye que los pueblos no siguen los estrictos protocolos de la ciencia. Esto se cae de su peso, pero no prueba el punto. El argumento es resultado de partir del principio metodológico de que ninguna hipótesis o teoría debe ser aceptada antes de obtener suficiente soporte empírico, y luego transformarlo en una afirmación sobre hechos. Pero otra cosa es presuponer que los pueblos no han transmitido nada que pueda convertirse en una buena hipótesis o teoría. Segundo, y precisamente en esa línea, el sesgo cierra la puerta al progreso científico. Evita que la ciencia institucional se beneficie de datos, pistas, o incluso desarrollos teóricos importantes. Tara su progreso. La condena a reinventar la rueda.

En suma, una lección clave de todo este asunto es que necesitamos revisar la manera como concebimos el conocimiento y las posibles vías por las que puede progresar. Necesitamos una práctica del conocimiento más abierta, más plural, más abierta a la colaboración. No solo de la ciencia. De otro modo,  no superaremos las heridas aún abiertas en un mundo culturalmente desigual.

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