Pensar la pandemia 1: “aún es muy pronto para sacar una conclusión”

“Aún es muy pronto para sacar una conclusión”, decía Zhou Enlai, entonces primer ministro chino, para responder sobre su opinión acerca de las consecuencias de la revolución de mayo del 68. Era 1972. ¿Incluso cuatro años no era suficiente tiempo para evaluar el impacto de un gran acontecimiento histórico? En realidad la respuesta fue resultado de un percance en la traducción, así que es difícil saber si estas palabras reflejaban la opinión de Zhou. Pero la curiosa historia no deja de ejemplificar una importante lección: es complicado pensar los eventos históricos en cuanto están ocurriendo, o “en caliente” (por así decir). Cuando las cosas apenas están ocurriendo, es muy difícil tomar la distancia necesaria para evaluar los acontecimientos y los procesos históricos en sus propios términos. Dentro de una casa en llamas, un pequeño niño podría concluir que todo está derrumbándose, pero tiempo despúes podrá entender lo que pasó en perspectiva, o sea, podrá finalmente entender algo al respecto.

Sin embargo, nos encontramos con voces aparentemente ansiosas por predecir el impacto que tendrá la actual pandemia global de covid-19. Y no necesariamente estamos hablando de blogueros o influencers ávidos de atención. Algunos intelectuales han caído en este exceso de prisa. Al menos de entrada, han actuado como el niño de la casa en llamas.

Giorgio Agamben se apresuró a concluir que la nueva pandemia había sido “inventada” por los Estados para poder justificar el ejercicio de un mayor control sobre la población y realizar así su, según él, ansiado sueño de gobernar en estado de excepción. “Podría decirse que, una vez agotado el terrorismo como causa de procedimientos de excepción, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para ampliarlos más allá de cualquier límite”, decía el 26 de febrero. A día de hoy es una postura entendible a raíz de los acontecimientos políticos en algunos países, pero recordemos: Agamben se pronunciaba cuando el mismo gobierno italiano aún subestimaba el brote en la región de Lombardía y justo antes de que la situación se saliera de control. Jean-Luc Nancy le replicó que las actuales circunstancias no se explican por un fortalecimiento del poder de las instituciones estatales, sino más bien muestran su debilidad.

Por otra parte, Zlavoj Zizek no solo tardó poco en publicar artículos sobre la coyuntura, sino un libro entero. En su “El coronavirus es un golpe al capitalismo a lo Kill Bill…” del 27 de febrero (el título ya dice bastante, ¿no?), pronostica, notablemente, que la covid-19 podría significar un golpe letal al capitalismo. A ello le replica Byung-Chul Han, quien considera que Zizek desestima la resistencia del paradigma capitalista. Quizás Han evalúa más prudentemente la situación que su colega, pues tiene presente la enorme capacidad adaptativa que el capitalismo ha mostrado a lo largo de su historia, o quizá es demasiado pronto para concluir…

En todo caso, Han no sale muy bien librado en otro punto. En su artículo “La emergencia viral y el mundo de mañana” (22 de marzo), trató de clarificar la notable diferencia en la reacción de Europa y Asia a la epidemia en términos de las diferencias entre “Occidente” y “Oriente”. Según él, “Oriente” ha reaccionado más eficazmente porque sus gobiernos son autoritarios y en sus sociedades el individuo impoca poco o nada frente a la colectividad, mientras que “Occidente” privilegia la libertad del individuo. Aunque pareciera elogiar los gobiernos autoritarios, al final parece que más bien teme que las actuales circunstancias los fortalezcan a la vez que debilitan a los gobiernos democráticos. Pero este análisis del famoso filósofo coreano radicado en Alemania tiene bases muy débiles.

Han sigue apoyándose en la gastada dicotomía “Occidente” versus “Oriente” décadas después de que Edward Said, entre otros, mostraran que la categoría de “Oriente” fue un inmenso cajón de sastre que fue inventado con el objetivo de justificar el poder colonial de Europa sobre todos esos pueblos, bajo la excusa de que la una se sabe gobernar a sí misma y los otros solo saben progresar bajo el mando de un autócrata. Décadas después podemos ver, a las claras, que los pueblos de “Oriente” son muy diversos entre sí tanto social como políticamente; no solo eso, sino que varios Estados occidentales están pasando por una deriva autoritaria en los últimos años (me desvío un poco del tema, pero era difícil dejarle pasar esto).

Así, pierde de vista Han que las respuestas de los distintos países de Asia Oriente a la covid-19 han sido muy diferentes entre sí. Solo repasemos los hechos. China (que encaja mejor en la retórica de “Estado autoritario”) controló el brote, pero no olvidemos que primeramente su misma ansia de control le llevó a silenciar al médico que advirtió inicialmente de la nueva enfermedad, con lo cual se perdieron vidas humanas y hubo que recurrir a las duras medidas posteriores. Por contra, Corea del Sur (¡tierra natal de Byung-Chul Han!) basó su estrategia en armarse de toneladas de datos (principalmente pruebas diagnósticas), informar a la población a tiempo y confiar en que esta respondería cooperativamente. Así ha sucedido. Japón, por su parte, ha privilegiado el rastreo de rutas epidemiológicas, con lo cual hasta ahora (quizá no por mucho tiempo, en todo caso) se ha evitado una cuarentena nacional. Ahora, si bien Europa fue el mal ejemplo a seguir, Alemania (¡país de residencia de Han!) ha sido la excepción: se preparó a tiempo, se aprovisionó, hizo muchas pruebas, y ha evitado así muchas muertes. Por contra, Italia y Estados Unidos son dos ejemplos claros de países que están virando a un mayor autoritarismo y que han respondido muy mal a la epidemia. Está clarísimo: es apresurado señalar que los países de “Occidente” y “Oriente” reaccionan diferente a la pandemia debido a presuntas diferencias en su mentalidad social y política. Peor aún, es simplista partir de una correlación entre autoritarismo y eficacia de respuesta a una epidemia.

Muy diferente es la toma de postura de Yual Noah Harari. Un título como “The world after coronavirus” (“El mundo después del coronavirus”) pareciera anunciar otro intento de profetizar el futuro como el de Zizek. Pero en lugar de ello, Harari prefiere evaluar cuáles son las elecciones que por lo pronto las circunstancias llaman a hacer. ¿Preferiremos (a) la “vigilancia totalitaria” o el (b) “empoderamiento ciudadano”? ¿Optaremos por (a) el “aislamiento nacionalista” o (b) la “solidaridad global”? En ambos casos, el pensador israelí se inclina por responder (b). Pero especialmente importa destacar aquí que muestra estar mínimamente bien informado sobre las maneras como diversos gobiernos han reaccionado al brote de covid-19 y sobre esa base defiende valores políticos liberales. Puede que ello no baste para calmar a un Han, o a muchos otros. Es temprano para sacar una conclusión. Pero al menos se le ha de reconocer que su reflexión parece más mesurada y su postura es más informada que la de Han, Zizek o Agamben.

En nuestros tiempos de premura y pánico, de ansiedad por respuestas rápidas y simples, urge una actitud basada en la comprensión de que las respuestas son como la cosecha: debemos trabajar arduamente por obtenerlas y llegarán a su propio ritmo. Es inconveniente, muy inconveniente, apresurarnos a “sacar las lecciones” de la situación sin antes darnos el tiempo de entender los acontecimientos, entender los procesos. Esto se debe fundamentalmente a que los hechos se dan a un ritmo más rápido que el de nuestra capacidad de entenderlos. Aun así, parece haber un apetito por sacar conclusiones, “sacar la factura” de la pandemia y anticipar qué sucederá con la humanidad de aquí en adelante. Recordemos: esto no ha parado aún, esto está aconteciendo. Seguimos dentro de la casa en llamas.

Es cierto que la humanidad no puede dormirse en los laureles: la acción rápida es indispensable. Es entendible entonces exigirle a los intelectuales que se pronuncien hoy. Pero incluso la acción rápida requiere sesudo análisis y sólido conocimiento. Observemos lo que ha hecho la comunidad científica hasta hoy: ha publicado decenas de miles de artículos sobre el nuevo coronavirus, sabe mucho más del asunto que hace un mes o dos; pero aun así debe ser cauta y reconocer que aún falta mucho por aprender, muchos datos por recopilar para llegar a conclusiones más firmes. ¿Por qué no exigir lo mismo de los intelectuales? ¿Por qué dejarnos tentar por profetismos? Necesitamos menos de la grandilocuencia de un profetismo apresurado, y más de una reflexión informada y con los pies en la tierra. Lo segundo nos capacita mejor para entender cuáles son nuestras posibilidades y, a medida que el tiempo pase y dé sus respuestas, estemos en mejor posición de tomar decisiones.

Creo que hará falta una aclaración final. No quiero aquí dar un dictamen sobre los autores mismos, ni mucho menos sobre su obra en general. No he querido sugerir, ni sugeriré, que si han metido la pata en esto entonces no deberíamos leerlos nunca. No pongo en cuestión sus contribuciones en otros momentos. Mi cuestionamiento va dirigido estrictamente a las opiniones que han hecho públicas sobre la actual coyuntura y que he mencionado aquí. Porque a fin de cuentas sirven de ocasión para decir lo que hay que decir.

Fuentes:
– Harari, Yuval Noah. “The world after coronavirus“. Financial Times, 20 de marzo de 2020.
Sopa de Wuhan. Pablo Amadeo Editor, 2020. [Excepto el de Harari, en este libro se recopilan los artículos aquí mencionados, y varios otros. Es de acceso libre y gratuito y numerosas web proveen copias para descarga.]

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