Pensar la pandemia 2: vulnerabilidad

Creíamos que no nos tocaría algo así. Mal que bien, la economía seguiría su marcha. Los víveres llegarían a los anaqueles de los supermercados. Claro que era de esperarse una u otra crisis, una u otra dificultad. Pero el mundo no estaría a riesgo de irse a pique. Eso creíamos. Las redes sociales dan señas de una creciente incertidumbre respecto al futuro pero, más aún, una conciencia de nuestra confianza en el orden establecido, confianza que ahora se ve confrontada por los acontecimientos.

Un momento: ¿acaso cuándo dejamos de ser vulnerables? No hace falta pensarlo: nos preguntan si somos vulnerables y diremos que sí. No cuesta aceptarlo durante una conversación. Pero aceptar la fragilidad cuando ocurre es otra cosa. Sucede que nuestra cómoda sociedad urbanita está estructurada de tal forma que nos permita olvidarnos de nuestra vulnerabilidad. Si duele la cabeza, busco una pastilla enseguida. Si me encuentro solo y aburrido, hay infinidad de opciones de entretenimiento. Si alguien me resulta molesto o desagradable, basta bloquearle o dejar de seguirle en redes. Nos hemos acostumbrado a esperar que, para cualquier molestia que podamos experimentar, siempre habrá una forma de suavizarla, eliminarla, evitarla, esconderla. Cualquier cosa menos hacerle frente.

Pagamos un alto precio por la comodidad de evadir nuestras fragilidades: inevitablemente, el precio que pagamos por “echarle tierrita” a nuestra propia vulnerabilidad es desconectar de nosotros mismos. El confinamiento puede resultar un desafío porque las opciones habituales para distraerse disminuyen en número, así que estamos más expuestos a periodos de aburrimiento. ¿Pero por qué uno querría escapar del aburrimiento? Porque uno está frente a sí mismo, y mucho en esa experiencia no es agradable. Con todo, también brinda una ocasión para reinventar las maneras de divertirse, de socializar, de conectar. Puede tratarse de una fiesta virtual, un reto de redes sociales, reconectar con viejas amistades, participar de campañas de solidaridad… Las opciones se multiplican. Eventualmente podríamos estar experimentando no solo con nuevas maneras de sacudir el tedio de nuestra vida habitual, sino con nuevas maneras de conectar.

Además, esta etapa es una difícilmente repetible oportunidad de vérnoslas con nosotros mismos. Cierto que es una tarea difícil, pero en buena medida su dificultad radica, insistamos, en que no nos preparamos para ello. Nuestra sociedad es anestésica (incluso el azúcar o la sal tan habituales en mil alimentos funcionan como anestésicos que nos aíslan hasta del más mínimo matiz de un sabor presuntamente desagradable: a tal grado llega la anestesia). En fin, tarea difícil, y fuera de eso indelegable: en últimas a cada uno le toca afrontarla por su cuenta. Pero los trucos para destrabar esa dificultad podrían estar en lo que hacemos. Tratar de mantener una rutina puede ayudar muchísimo: provee una sensación de orden y relativo control. O, dentro de esa rutina, darse momentos para mantenerse activo: hacer ejercicio, cuidar las plantas, cocinar, leer, cantar, escribir, pintar… lo que funcione para cada cual.

Otra cuestión es ya, claro está, si aprenderemos algo de todo esto una vez que la dificultad haya pasado. ¿Seremos capaces de construir una humanidad diferente, más justa, más solidaria? No creo que haya mucho espacio para un optimismo ambicioso. Por más confrontadora que nos resulte la coyuntura, nuestro mundo humano está construido sobre la base de hábitos, que nos han sido transmitidos o que hemos estado cultivando desde muy temprano. En cualquier caso, lo que hace muy difícil cambiar los hábitos es precisamente la repetición. Cuanto más repetidos, más afianzados quedan, y más difícil resultará cambiarlos. A no ser que un drástico cambio en el entorno nos obligue.

Y bien, a pesar de lo confrontador que está resultando este pequeñísimo virus, y a pesar de la recesión que ya está dándose, tampoco es tan claro que el mundo se vaya a ir a pique: crisis mucho peores ha pasado la humanidad (la influenza de 1918, para no ir demasiado lejos), y siempre ha vuelto a ponerse en pie. A lo mejor el golpe no será lo suficientemente atroz como para forzar un cambio de paradigma mundial. Al menos, en todo caso, cuando esta experiencia pase los debates sobre los problemas globales no volverán a ser iguales. Esta experiencia será por mucho tiempo una referencia obligada en esos debates. Sea que se hable de salud pública, economía, modelos políticos, ecología, entre otros muchos asuntos, por muchos años no faltará quien vuelva la mirada sobre 2020 y diga: “acuérdense cuando…”. Puede incluso resultar un catalizador de cambios mundiales futuros. Una cosa está clara: que seamos capaces de afrontar mejor esos retos dependerá de nuestra capacidad de dejar un poco atrás la cultura de la anestesia y relacionarnos con nuestra vulnerabilidad. Por paradójico que suene. Echemos un vistazo a lo que sucede en los grandes mitos: para que el héroe sea capaz de conquistar dragones y gigantes, primero tiene que conquistarse a sí mismo.

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