El legado del racismo

File:Edward Colston - empty pedestal.jpg

Ese es el pedestal, ahora vacío, que antes ocupaba la estatua de Edward Colston (1636–1721) en la ciudad inglesa de Bristol. El monumento ocupó ese sitio durante 125 años. Durante 125 años, la ciudad le homenajeó de ese modo como personalidad destacada por su obra filantrópica, que pudo financiar gracias a los grandes recursos que amasó como empresario. Solo que obtuvo esa inmensa fortuna del mercado esclavista atlántico que por siglos desterró, expolió y desconoció la humanidad de millones y millones de personas. Por eso el 7 de junio de 2020 los habitantes de Bristol se encargaron personalmente de abatir la estatua y arrojarla al río Avon. Casi enseguida el pedestal vacío fue rodeado por numerosos carteles que repiten el mismo mensaje y la misma insignia: Black Lives Matter.

Imagen: Wikimedia Commons

En las últimas semanas, el movimiento Black Lives Matter ha contribuido enormemente a visibilizar que el racismo aún existe en muchísimos países y no es un asunto menor: cobra vidas, roba esperanzas, condena a millones de seres humanos a la pobreza y la exclusión. No es sin razón que el caso de la efigie de Colston no sea una excepción: en muchos países ha surgido una reacción similar contra monumentos a varios personajes asociados con la industria esclavista que por siglos campeó por el Atlántico. Sin duda los países del así llamado “primer mundo” tienen ahora que dar un complicado debate sobre el legado del esclavismo y el racismo. Inevitablemente eso toca fibras sensibles no solo de dichas sociedades, sino de las sociedadas latinoamericanas, que todavía están atravesadas por racismos institucionales. Fibras muy sensibles.

Recuerdo una tira cómica de Cyanide and Happiness donde hablaban dos personajes. El uno le decía al otro que tenía miedo porque había rumores de que su nueva casa estaba construida sobre un cementerio indígena. El otro le contesta que todo Estados Unidos está construido sobre un cementerio indígena. No es solo un argumento para una tira cómica: apunta a una cruda y gigantesca realidad. Se ha señalado con bastante frecuencia en estos días que el capital inicial gracias al cual pudo comenzar la industrialización y el capitalismo en Europa y Norteamérica fue obtenido del esclavismo y el saqueo dirigidos contra otros pueblos. Creo que a la luz de una objetiva y juiciosa indagación histórica esto es muy difícil de negar. Todo el mundo atlántico está construido sobre un gran cementerio. Con todo, los victimarios y víctimas de todas esas empresas coloniales murieron hace tiempo. El punto hoy es qué hacemos del legado que esas empresas han dejado. Visto con cuidado, quizá esa tarea no sea fácil para ninguna de las partes. Para nadie en absoluto.

La primera dificultad es que se trata de un legado mixto. Repitamos: el mundo atlántico que hoy conocemos está levantado sobre la base de capital obtenido y acrecentado por medio de la explotación esclavista. Ahora bien, si acaso quisiéramos desligarnos completamente de ese pasado, haríamos poco con derribar monumentos y vaciar los museos: habría que demoler la gran mayoría de los edificios, desmantelar universidades, cerrar los bancos, desarmar los rieles de los trenes y cerrar las rutas comerciales. Más aún, tendríamos que arrancar las raíces mismas sobre las que hemos crecido. Quizá nadie aprobaría conscientemente hacer tal cosa, es verdad (¿o no?), pero hay que decirlo para resaltar la crudeza de la realidad histórica: nuestras condiciones materiales de vida y nuestras identidades mismas están atravesadas por la marca del esclavismo atlántico. Eso no tiene reversa. El pasado no tiene reversa.

Lo que sí podemos hacer es cambiar el presente. Nosotros no fuimos embarcados a la fuerza a servir de mano de obra esclava para siempre lejos de nuestra tierra natal, nosotros no pusimos a nadie en esos barcos ni nos llenamos los bolsillos con ese comercio. Pero los descendientes de los esclavos y siervos (no solo afrodescendientes, también los indígenas americanos) siguen sufriendo las consecuencias. ¿Qué podemos hacer entonces para cambiar ese presente? El primer paso ya está siendo señalado por muchas voces hoy en día, y no tiene caso repetir sus mensajes aquí cuando ellas se expresan mejor que yo: hay que caer en la cuenta, hay que enterarse.

En ese sentido puede resultar desalentador el negacionismo que viene con el activismo que intenta llamar la atención sobre el vivo racismo estructural que aún atraviesa nuestras sociedades. Pero allí es donde radica una segunda dificultad del legado del racismo, quizá más dura que la primera. ¿Por qué hay gente que salen a negar el racismo, a decir que hoy en día ya hay plena igualdad, que las protestas y manifestaciones antirracistas y antifascistas son exageradas? Porque esa misma gente siente que se les está echando la culpa y que su identidad está en peligro.

He aquí dos motivos por los cuales todo este asunto no puede reducirse a decidir quién tiene la culpa de qué. Primero, porque los crímenes pasados son pasados: no tiene caso ni sentido exigirle cuentas a los tataranietos por lo que hicieron sus tatarabuelos. Insistamos: si de algo podemos hacernos cargo es del presente—que es hijo del pasado, ciertamente, pero en todo caso es presente. Segundo, si es que hace falta echar abajo el mundo presente para pasar la página, entonces hay que construir un mundo nuevo. Sí, nadie diría lo contrario. Pero el punto es que leer toda nuestra situación presente en términos de “quién tiene la culpa de qué” nos condena precisamente a no poder construir un mundo nuevo. La única consecuencia posible de la repartición de culpas es la imposición de castigos. Pero a semejante escala eso solamente puede derivar en la lógica que necesitamos superar: la lógica del vencedor y el vencido.

Nada de esto excluye que las responsabilidades criminales deban ser reconocidas allí donde corresponde. El agente que asfixió a George Floyd debe ser procesado por homicidio y debe ir a la cárcel; sus compañeros deben responder igualmente ante la justicia por connivencia. Todo abuso de la fuerza que se hace posible usufructuando el racismo institucional debe ir a los tribunales como crimen de odio y discriminación. Pero el asunto entero del racismo institucional va mucho más allá. Para que cada acto de discriminación llegue a término, hace falta antes una gran cantidad de creencias, de costumbres, de hábitos establecidos y hasta legitimados por las leyes y las instituciones. Ese es el punto de que hablemos aquí de racismo institucional. ¿Cómo cambiamos esas creencias, costumbres y hábitos? Hay que desencubrirlos, sin duda. Pero si el siguiente paso es señalarlos con dedo acusador, enseguida se despertará en quienes se sientan acusados una contrarreacción.

De hecho esa contrarreación se producirá incluso sin erguir el dedo acusador. Quizá sea imposible evitarla. ¿Pero qué hacemos con ella? He ahí la cuestión. La lógica de la culpa solo ayudará a incrementarla. Es como tratar de apagar un incendio rociándole gasolina. Aquí nos resulta urgente mostrarle a la sociedad en general como es necesario y es posible un mundo diferente, un mundo diferente para todos. Allí donde alguien pueda sentirse acusado a medida que las calles se llenan y se incrementa la conciencia sobre el racismo institucional, allí será igual de importante el esfuerzo por mostrarle a ese alguien que cuando está sucediendo hoy no es una amenaza sino una oportunidad.

A lo mejor algunas estatuas tendrán que caer. A lo mejor otras deberán ser resignificadas. Muchas calles y plazas tendrán que cambiar sus nombres. Todo ello tendrá que pasar por un diálogo social amplio, tan amplio y abierto como doloroso. Sea como sea, valga insistir, tendremos que pasar también por reconocer que somos hijos del pasado esclavista. Nada que hagamos hoy borrará eso. Lo que sí está en nuestras manos es seguir el curso de la flor de loto, que, aunque brota del sucio barro, crece con sus pétalos impecablemente limpios. Atención: su raíz está entre el barro. Necesitamos entender las raíces de donde venimos.

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